Relato del parto de Rocío y el nacimiento de Manel

Enormemente agradecidas a Rocío porque haya decidido compartir con Gea y con todos los que nos seguís algo tan bello y tan íntimo como el nacimiento de su tercer hijo, MANEL.

Infinitamente agradecida por la confianza depositada en GEA y en las profesionales que formamos parte de este centro.

Y por supuesto, muy emocionadas ante la belleza y el poder de este hermoso parto, la fuerza del nacimiento de este niño.

Gracias Rocío por compartir.

Os dejamos con el relato del nacimiento de Manel escrito por su empoderada madre Rocío.

 

Parto de Manel
Me despierto con una contracción a las cinco de la madrugada, es 16 de marzo y mi sobrina y futura madrina de Manel está hoy de cumple. Ésta ha sido potente, pienso, llevaba varias semanas con suaves contracciones porque el peque estaba muy encajado. Me levanto porque tengo hambre y Papi pega un brinco en la cama y me pregunta si estoy bien. Sonrio aunque él no lo ve porque está la habitación a oscuras. Le contesto que estoy con contracciones pero que seguro que comiendo algo ya se me pasan, que duerma tranquilo que si se anima ya le aviso. Me tomo un yogurt y como veo que no cesan decido disfrutar del momento y aprovechar para felicitar a. la cumpleañera. No contesta, lógico, estará dormida, pienso. Pongo la radio con la música que había preparado para el parto y muevo mi pelvis en la lenteja que me prestó mi super matrona Marta la semana pasada, que curioso ponerme de parto justo el día que tenía que devolvérsela, pienso. Saboreo dulcemente cada contracción, son rítmicas, cada quince minutos más o menos, el reloj de la cocina me sonrié cuando me paso por delante bailando al ritmo de la música. Las primeras canciones son de mi hija mayor, de sus clases de zumba, paseo mis caderas borracha de amor y felicidad por la cocina y el salón, ya queda menos para abrazar a mi pequerrecho. Luego llegan otras canciones de Carlos Nuñez y ahí conecto con mi tierra, tengo calor, camino descalza dejandome llevar por el sonido de la gaita. La luna nos acompaña y el tiempo vuela entre las estrellas. Suena Rosana con su canción y me susurra “a la luz del amanecer…”. en ese momento miro al horizonte y me sorprenden los primeros rayos del día. Qué preciosidad pasar así la dilatación!!! acariciando cada segundo mi enorme barriga y felicitando a Manel por lo bien que lo estamos haciendo. A las siete papi asoma la cabeza por el salón y me pregunta “cómo estás?” Feliz, estoy de parto y ya queda nada para abrazar a Manel, le contesto. Me pregunta si despierta a las niñas para ir con los abuelos y le digo que no, es miércoles y a las nueve menos cuarto pasa el bus por delante de casa para ir al cole. Déjalas dormir, le digo, todavía hay tiempo, las contracciones son intensas pero todavía espaciadas cada diez minutos. Nos abrazamos y me emociono, lloro de felicidad, la oxitocina corre por mis venas llenándome de amor, siento que mi último embarazo llega a su fin y aunque tuvo sus semanas profundamente angustiosas, en global ha sido espectacular, la naturaleza nunca deja de sorprenderme y asombrarme. Sigo bailando por la casa mientras papi desayuna y me paro con cada contracción, me apoyo en la pared, cargo mi peso sobre el respaldo de la silla que me pilla más a mano y escucho en mi memoria la dulce voz de Marta, mi matrona, diciendome qué posturas probar y así lo hago. Estos últimos meses con ella han sido la clave para que viva mi parto así, llena de felicidad y seguridad en mi misma y en Manel. Eres sabio mi pequeño, le digo mientras le acaricio a través de mi piel. Son las ocho menos veinte y papi despierta a las niñas diciéndoles que Manel va a nacer hoy y saltan de la cama de alegría. Llevan semanas preguntando cuando nacería su hermanito y vienen al salón a abrazarme. Me encantan sus abrazos son sinceros y llenos de energía, mi hija mayor me habla pero yo no puedo oirla porque las contracciones son más fuertes y frecuentes. Le digo que espere un poco que cuando tengo una contracción no puedo hablar “que venga pronto el bus, que esto se está poniendo calentito” pienso. Pongo la mochila en el pasillo y le pido a papi que nos haga una foto a las tres, cuando volvamos a estar juntas ya seremos cuatro, pienso. “Dadle un beso a la tripilla que hoy es el último día” les digo entre risas. Son cada cinco minutos y papi las lleva a la parada mientras yo me pongo un pantalón flojo y una chaqueta por encima de la camiseta del papi que llevo puesta.

El viaje en el coche se me hace eterno porque no soporto estar sentada pero en 10 minutos llegamos al Hospital del Salnés y la chica de ventanilla me mira con tal cara de escepticismo que me dan náuseas y pido un baño. Me pasan para tomarme la tensión y la temperatura pero declino sentarme, lo que quieras pero de pie, por favor, le digo. Me acompañan a la sala de dilatación y mi mente viaja ocho años atrás y recuerdo las horas de dilatación de mi primer parto en esa misma sala. Misma cama, mismas ventanas, misma bañera y misma silla mecedora en la que tuve que permanecer balanceándome durante toda la dilatación de mi segundo parto. Esta vez será diferente, pienso. He hablado mucho con Marta sobre mis partos y mi plan para este mi tercer y último parto. Tengo las ideas muy claras y sé lo que quiero y lo que no quiero vivir. Una señora me trae unas toallas y me dice: “Quítate la ropa y ponte este camisón”. Le doy las gracias y pienso “No”. No voy a estropear mi momento como si fuese una enferma acatando órdenes. Me quito todo y me dejo con la camiseta que traía, está llena de olor a papi y a mí, las hormonas del amor me arroparan mientras dilato, pienso. La matrona viene y me dice que ha visto en mi plan de parto que quiero intimidad y dejarme llevar por mi instinto, baja las cortinas para darme penumbra y se ofrece a que la avise si necesito algo, he tenido suerte, pienso. Le pido a papá que ponga la música porque necesito volver a concentrarme en mi y en el peque. Muevo mi pelvis al ritmo de la música y respiro, lo estamos haciendo muy bien, muy bien Manel ya queda menos para comernos a besos, pienso.

Viene la matrona y me pide hacerme un tacto para ver cómo estamos. No me hace mucha gracia pero algo me dice que la cosa va bien así que acepto. “De cuanto estoy?”le pregunto, y me dice que eso da igual, que está todo tan blandito que en cualquier momento puedo ponerme en completa.

Le digo que quiero la bañera y me sugiere sentarme en el inodoro y al hacerlo vuelvo cinco años atrás en el tiempo. “Parece que estoy reviviendo mi segundo parto” le digo a la matrona. Ella me responde que no mujer, que cada parto es distinto. Sí, pero hace cinco años tambien se negaron a llenarme la bañera, pienso. Me levanto porque el cuerpo me pide estar de pie y en ese instante me viene una contracción super fuerte. Miro a la matrona a los ojos y le digo que por favor quiero meterme en la bañera, entonces acepta y me sugiere ponerme bajo la ducha mientras se llena. Calculo que debían ser como las diez y algo de la mañana. Papi me echa agua por la espalda y yo entro en el planeta parto mirando las velas encendidas junto al agua. Esas velas que mis niñas colocaron en mi mochila para ese día especial. Empiezo a empujar con cada contracción, cargo todo mi peso de una cuerda anclada al techo. La matrona controla al peque con los sensores de los monitores bajo el agua, tiene que hacer malabares porque mis posturas son de todo menos sencillas. Yo no hablo, sólo dejo que mi cuerpo de mujer actúe por si mismo, sin pensar, emitiendo sonidos que no reconozco como propios. Mi instinto de mamífera ha tomado el control, entonces escucho a la matrona que me dice que lo toque, que la bolsa está asomando y va a romperse en cualquier momento. La toco, es cálida y blandita. “Igual no se rompe”, le digo. “Sería muy raro”, me dice. Mi hija pequeña nació con la bolsa íntegra, le contesto, fue un parto velado. Me mira con cara de asombro y me dice que lo normal es que se rompa. Escucho la gaita y vuelvo a mi mundo. Suena la canción del pozo de Arán, viene otra contracción fuerte y mi matrona Marta vuelve a mi mente, la veo como una semana antes me explicaba, una buena postura para evitar desgarros es ésta, ponte de lado y así me pongo en la bañera. Escucho una voz angelical cantar “hoy verás la luz que inunda todo, verás por fin el sol sobre nosotros…” Entonces la oxitocina inunda mis venas y empujo con todas mis fuerzas con los pies contra el borde de la bañera. La matrona me dice “ya sale, cógelo” (en mi plan de parto había escrito que yo quería ser quien lo cogiese al salir) Lo cojo y lo saco del agua, rompo la bolsa con mis manos y lo beso una y mil veces mientras le felicito por lo bien que lo ha hecho. Ni una lágrima surgió de mi, sólo felicidad por cada átomo de mi ser. Papi lloraba de la emoción y la matrona me dió una toalla caliente, al sentir el aire en su piel Manel rompió a llorar. Lo envolví en mis brazos y al contacto con mi pecho el llanto cesó. Muy bien mi amor, ya estás aquí mi vida, lo has hecho genial. Había superado todas mis expectativas, había sido mágico. Pero la magia aun no había acabado para nosotros.

Después de unos minutos de mimos, fotos y sonrisas, entre papi y la matrona me ayudan a ponerme en pie y salir de la bañera con Manel acurrucado entre mis brazos. Me acuesto en la cama y allí inicia Manel su agarre espontáneo, raptando sobre mí hasta alcanzar el pecho izquierdo y empezar a mamar mientras papi lo graba todo en vídeo. Vuelven las contracciones y empujo para el alumbramiento de la placenta, que sale cálida y suavemente. La matrona me la enseña y la coloca a mi lado mientras mi peque descansa sobre mi, el cordón sigue latiendo y yo en una nube de oxitocina miro a mi bebé unido a mi por mi pecho y unido al mismo tiempo a ese órgano efímero creado para alimentarlo, cuidarlo y amarlo desde lo más hondo de mi cuerpo.

Cuando deja de latir la matrona me da las tijeras y yo misma corto el cordón. Recuerdo en ese instante a la matrona que me miraba raro cuando, al entregar mi plan de parto, le hablé de la posibilidad de cortar el cordón después del alumbramiento, me dijo que en todos sus años de experiencia nunca había visto algo así. Me alegro de que la matrona que estaba en el hospital ese 16 de marzo fuese una mujer sin prejuicios y sabedora de que los protagonistas de un parto son el bebé y su mamá.

Me siento afortunada por haber sido escuchada, por haber sido comprendida y especialmente por haber sido apoyada en todo mi embarazo y en mi parto.

nacimiento-manel
Gracias GEA por darme la oportunidad de conocer a dos grandes mujeres que me han dado todo el amor y cariño de las profesionales de Corazón. A la gran psicóloga Jésica, por su aliento en las semanas más angustiosas de mi vida y a la super matrona Marta, por hacer posible que la magia de Luna de Brigantia llegase a mi parto y me iluminase para cumplir todos mis sueños.

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